
Spanish Edition
Literature
La araña negra
Spanish BooksWhale Edition by Vicente Blasco Ibáñez
Blasco Ibáñez entrelaza intrigas familiares, intereses económicos y poder religioso en una extensa novela social de conflictos y conspiraciones.
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Book introduction
La araña negra
Vicente Blasco Ibáñez narra una red de intrigas en la que los destinos de una familia se cruzan con ambiciones económicas y maniobras religiosas. El relato combina secretos, enfrentamientos y cambios de fortuna con una crítica del poder ejercido sobre la vida privada. Su estructura de novela por entregas despliega numerosos personajes y episodios para explorar los vínculos entre riqueza, influencia y autoridad.
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Vicente Blasco Ibáñez murió en 1928; la obra se publicó por primera vez en 1892. Esta edición presenta el texto original español de dominio público.
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La araña negra
Preview chapterLibro Primero — Prólogo — IPreview
—No es ésta la mejor hora para hacer visitas. En este colegio se guardan muy bien las reglas, señor; no sé si la madre directora podrá recibirle pero a pesar de esto preguntaré.
Y el hermano Andrés, al decir estas palabras, se llevaba indolentemente una mano a su puntiagudo y mugriento gorro de seda, como queriendo medir con justo patrón un saludo que no fuera descortés, pero tampoco amable; uno de esos saludos que se guardan para las personas misteriosas que no se sabe de dónde vienen ni lo que quieren. Y sonreía con la expresión de un cancerbero, abriendo aquella bocaza frailuna, oscura, maloliente, de profundidad interminable y adornada en su entrada con tres dientes gastados, retorcidos y amarillentos como las fichas de un dominó de café.
Aquel portero de religioso colegio, en su juventud lego de las disueltas órdenes religiosas, defensor después del Altar y el Trono a las órdenes de Cabrera, criado de los jesuitas en Francia y en España y empleado por fin de la pensión del Corazón de Jesús, miraba al recién llegado con la recelosa y hostil curiosidad propia de quien ha pasado casi toda su vida entre gente inquieta y aficionada a la sospecha, que cree la desconfianza un sentimiento natural y el espionaje un deber ineludible. Se veía en el hermano Andrés, con un poco de observación y a pesar de los estragos que la edad había hecho en su cuerpo flacucho, al antiguo lego, tosco, brutal, de puños tan férreos como su estómago y dispuesto lo mismo a barrerle la celda al padre prior como a empuñar el trabuco carlista; pero su posterior roce con los jesuitas habíale creado una nueva personalidad que se adaptaba sobre su antiguo natural como el traje sobre el cuerpo y en virtud de aquella cepilladura loyolesca sabía sonreír con mansedumbre evangélica, mirar a todas partes con los ojos fijos en el suelo y dar a su voz una entonación meliflua y humilde que hacía exclamar a más de una de las ricas devotas que visitaban el colegio: «Este hermano Andrés es un santo varón».
Y al santo no le caía muy en gracia aquel caballero, apeándose a la puerta del colegio de un carruaje con cierto misterioso recato, había entrado de sopetón en su portería. Había en él algo que alarmaba su olfato amaestrado en la sacristía y en las partidas carlistas, algo que el hermano Andrés había ya rotulado en su imaginación con el terrible título de tufillo liberal.
«Este hombre no es de los nuestros» —se decía el seráfico portero mirándole al sesgo con desconfianza—, y, efectivamente, todo en él se diferenciaba del aspecto de los asiduos visitantes del colegio. Estos eran buenas gentes que nunca hablaban alto, que decían al entrar ¡Ave María! que preguntaban con cierta veneración por la reverenda madre superiora y de paso dirigían una sonrisa al conserje hermano en Cristo; que inclinaban la cabeza ante las innumerables estampas de santos de todas clases y tamaños que colgadas de las paredes de la portería convertían ésta en una verdadera corte celestial al cromo barato, y el recién llegado no decía una palabra sin mirar a los ojos de aquel a quien se dirigía; tenía un acento enérgico y vibrante que no se esforzaba en disimular, mostraba en sus ademanes una noble franqueza, había preguntado con desfachatez revolucionaria por la señora directora y al fijarse en los bienaventurados de vivos colorines que adornaban el cuarto, ¡horror de los horrores! al hermano Andrés le había parecido que a los labios del incógnito apuntaba una fugaz y amarga sonrisa.
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Entró en el despacho don Tomás, arrastrando con tanta humildad sus hábitos clericales, que su tierna mirada parecía pedir perdón a la alfombra, porque la rozaba con los bajos de la sotana.
Su edad, unos cincuenta años; su estatura más que regular, su defecto físico saliente, un arqueo de espaldas que casi llegaba a ser joroba, y su rostro el de un hombre que en su juventud tuvo el pelo rojo y ahora, por causa de las canas, lo ostentaba de un color indefinido y sucio; sus mejillas chupadas, su boca contraída por una eterna sonrisa, mezcla de la mansedumbre del esclavo y de la abnegación del mártir, pero que en ciertos momentos desaparece para que pase con la rapidez del relámpago una expresión altiva, sarcástica y soberbia, que parece indicar que sobre aquellos labios está en su casa, pues representa el verdadero carácter del individuo.
En cuanto a los ojos, eran fieles imitadores de la boca, pues miraban con la dulzura de la paloma… cuando no tenían la misma expresión cruel, avarienta y cobarde del milano ladrón.
Saludó varias veces don Tomás con cierta cortedad, llevándose el mugriento sombrero de teja a la picuda nariz, hizo dos o tres genuflexiones, invocó la gracia de Dios para aquella santa casa y todos los presentes, y fue a sentarse en una silla inmediata a la que antes había ocupado don Esteban.
Este permanecía en pie en medio del despacho, mirando fijamente a don Tomás, que ponía su vista en todas partes menos en el rostro del militar.
Le conocía perfectamente don Esteban. Era el mismo cura que al entrar en el despacho había entrevisto tras el portero, atisbando en compañía de las monjas. Sin duda había seguido escuchando toda la conversación y entraba ahora como un recién llegado para auxiliar a la superiora.
«Maniobra jesuítica —se decía don Esteban—, buena para algunos imbéciles, pero que no sirve para mí. Este hombre debe ser de la célebre Compañía. Ahora veremos por dónde sale».
—Vaya, vaya —dijo en esto don Tomás, con su voz meliflua y humilde, al mismo tiempo que golpeaba acompasadamente una mano en otra bondadosamente—. He venido a interrumpir a ustedes y lo siento mucho. Ha sido una verdadera inoportunidad el llegar a estas horas. Lo único que me consuela es que el asunto no será de gran interés, ya que la buena madre me ha permitido la entrada.
—Mire usted, caballero —contestó don Esteban plantándose frente al cura con el aplomo de un soldado—. Ni cuanto esta señora y yo hemos hablado, ni el asunto que aquí me ha traído, le importan a usted nada, así es que hará muy bien en no mezclarse en ello. Por lo demás, le advierto que a mí no me gustan comedias en la vida, que las farsas las conozco inmediatamente, que usted ha oído escondido tras esa cortina, todo cuanto hemos hablado y que yo veré a mi hija a pesar de la oposición de esa señora y de la hipocresía de usted. Y den aún gracias que no me propongo llevármela, pues si en ello me empeñara, tenga por seguro que lo lograría aunque hubiera de pasar por encima de usted, de esa monja y de todas las gentes que encierra esta santa casa.
—Conozco muy bien a don Esteban Álvarez —contestó el cura con su eterna sonrisa—, para no dudar que sabe cumplir cuanto se propone, y más si es contra los respetos que se deben a las personas sagradas.
—Veo que no le es desconocido mi nombre y que no me equivocaba al creer que usted nos oía desde la puerta.
Table of contents
Inside this edition
- 01Full text
- 02Libro Primero — Prólogo — I
- 03II
- 04III
- 05Parte Primera. El Conde de Baselga — I. Un defensor del absolutismo
- 06II. El 7 de julio
- 07III. La casa misteriosa
- 08IV. El señor Antonio
- 09V. Niña Pepita
- 10VI. Galantería y devoción
- 11VII. Sigue la conquista
- 12VIII. Una sorpresa
- 13IX. La confesión
- 14X. 1823
- 15XI. Cómo termina un calavera
- 16Parte Segunda. El padre Claudio — I. Los negocios de la Orden
- 17II. La policía jesuítica
- 18III. El lobo de París al lobo de Madrid
- 19IV. Los pesares de Baselga
- 20V. La víbora y el lobo
- 21VI. Fiat Lux
- 22VII. El jesuíta pierde la partida
- 23VIII. La cólera de Baselga
- 24IX. La moral jesuítica
- 25Parte Tercera. El señor Avellaneda — I. El hombre de la rue Ferou
- 26II. La familia del señor Avellaneda
- 27III. ¡Tú serás su madre!
- 28IV. Crisálida
- 29V. Mariposa
- 30VI. Mentor y Telémaco
- 31VII. Lo que había sido de Baselga
- 32VIII. Realización de un sueño
- 33IX. La pasión y el sentido común
- 34X. Declaración
- 35XI. En el despacho del padre Fabián
- 36XII. Espionaje de jesuíta
- 37XIII. La cólera de Avellaneda
- 38XIV. El padre Fabián y el conde de Baselga
- 39XV. El jesuíta próximo a triunfar
- 40XVI. El olfato de Tomasa
- 41XVII. Se deshace la trama
- 42XVIII. La felicidad de Baselga
- 43XIX. El fin de un jesuíta
- 44Parte Cuarta. El capitán Álvarez — I. Un aspirante a héroe
- 45II. Álvarez y su asistente
- 46III. La vi por vez primera…
- 47IV. Quién es ella
- 48V. Se eclipsa el astro
- 49VI. El señorito dice misa
- 50VII. El que se entrega a la Compañía es un esclavo para siempre
- 51VIII. Doña Fernanda
- 52IX. El caballo padre
- 53X. Los hijos del conde de Baselga
- 54XI. Auxilio inesperado
- 55XII. Declaración de amor
- 56XIII. Ejercicios piadosos
- 57XIV. Primavera de amor
- 58XV. El amigo de Baselga
- 59XVI. El padre Claudio en campaña
- 60XVII. Un tesoro de amor descubierto
- 61XVIII. El padre y la hija
- 62XIX. La fuerza y la astucia
- 63XX. El lazo tendido
- 64XXI. La confesión
- 65XXII. De cómo el padre Claudio tendió la tela de araña
- 66XXIII. Baselga convertido en mosca
- 67XXIV. Baselga cae en la red
- 68XXV. Donde el padre Claudio da el último golpe a Baselga y vuelve a ocuparse del capitán Álvarez
- 69XXVI. La última buena obra del padre Claudio
- 70XXVII. Revelación inesperada
- 71XXVIII. Dúo de amor
- 72XXIX. Los planes de Quirós
- 73XXX. Desenlace inesperado
- 74XXXI. Maestro y discípulo
- 75Libro Segundo — Parte Primera. La señora de Quirós — I. Propaganda jesuítica
- 76II. A la puerta de la iglesia
- 77III. El presente de Enriqueta
- 78IV. Renuévanse las relaciones
- 79V. Mal encuentro
- 80VI. En demanda de auxilio
- 81VII. La abnegación de Perico
- 82VIII. El fracaso de Quirós
- 83IX. Triste amanecer
- 84X. El 22 de junio
- 85XI. La barricada de la plaza de Antón Martín
- 86XII. El último día de Quirós
- 87XIII. La última escena de la revolución
- 88Parte Segunda. De cómo se fabrica un jesuita — I. Ricardito Baselga
- 89II. San Luis Gonzaga
- 90III. De cómo habló la Virgen a Ricardo
- 91IV. El Corazón de Jesús, buzón de correo
- 92V. El noviciado
- 93VI. La entrada en la Orden
- 94VII. El golpe anhelado
- 95VIII. El gran descubrimiento de la Orden
- 96IX. La tempestad se aproxima
- 97X. La justicia jesuítica
- 98XI. Humillación
- 99XII. La última misa
- 100XIII. La agonía del padre Claudio
- 101Parte Tercera. Marujita Quirós — I. La baronesa y la revolución
- 102II. Lo que fue del revolucionario Álvarez
- 103III. Álvarez después de la revolución
- 104IV. Un revolucionario y una beata
- 105V. La resolución de la baronesa
- 106VI. El colegio de Nuestra Señora de la Saletta
- 107VII. La primera época de colegiala
- 108VIII. Sinfonía de colores
- 109IX. Se oye un violín
- 110X. Amor en torno a un violín
- 111XI. Dúo de amor en el tejado
- 112XII. Mecidos por la brisa
- 113XIII. Una carta. Jesús, María y José
- 114Parte Cuarta. Juventud a la sombra de la vejez — I. La viuda de López
- 115II. El sobrino en la calle y el tío en la casa
- 116III. Lo que fue de María al salir del colegio
- 117IV. Reanúdanse los amores
- 118V. En el despacho del padre Tomás
- 119VI. Cambio de decoración en casa de la baronesa
- 120VII. En el Teatro Real
- 121VIII. Trato cerrado
- 122IX. El vicario de España al padre general
- 123Parte Quinta. En París — I. La orilla izquierda del Sena
- 124II. El primer amigo
- 125III. La vejez del revolucionario
- 126IV. El padre de María
- 127V. Las hijas de la noche
- 128VI. Judith la rubia
- 129VII. La primera noche
- 130VIII. Nuevas caídas
- 131IX. El entierro de Álvarez
- 132X. Se aclara el misterio
- 133Parte Sexta. El casamiento de María — I. Sospechas
- 134II. Amor propio herido
- 135III. Una respuesta del doctor Zarzoso
- 136Parte Séptima. Paquito Ordóñez — I. La clínica de los niños
- 137II. ¡La familia está completa!
- 138III. La bofetada
- 139IV. La mansedumbre del padre Tomás
- 140V. Asesinato legal
- 141VI. El porvenir de la familia Ordóñez
- 142VII. Un telegrama
- 143VIII. La muerte del niño
- 144Parte Octava. Donde acaba de cumplirse el plan del padre Tomás — I. Señora y criado
- 145II. La última advertencia
- 146III. La muerte de María
- 147Epílogo
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