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Spanish Edition

Literature

Juan Martín el Empecinado

Spanish BooksWhale Edition by Benito Pérez Galdós

Un relato de guerra y resistencia sobre uno de los guerrilleros más célebres de la Guerra de la Independencia.

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Book introduction

Juan Martín el Empecinado

Galdós sigue las campañas, alianzas y peligros que rodean a Juan Martín el Empecinado. La novela une acción militar, retrato de carácter y memoria nacional, mostrando la guerra desde el terreno irregular donde la estrategia depende de la confianza.

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Benito Pérez Galdós died in 1920, and Juan Martín el Empecinado was published in 1874; the Spanish source text is public domain.

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Juan Martín el Empecinado

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I

Anteriormente he contado a ustedes las hazañas de los ejércitos, las luchas de los políticos, la heroica conducta del pueblo dentro de las ciudades; pero esto, con ser tanto, tan vario y no poco interesante, aunque referido por mí, no basta al conocimiento de la gran guerra.

Hablaremos ahora de las guerrillas, que son la verdadera guerra nacional; del levantamiento del pueblo en los campos; de aquellos ejércitos espontáneos, nacidos en la tierra como la yerba nativa, cuya misteriosa simiente no arrojaron las manos del hombre; voy a hablar de aquella organización militar hecha por milagroso instinto a espaldas del Estado, de aquella anarquía reglamentada que reproducía los tiempos primitivos.

Sabrán ustedes que a mitad de 1811, Napoleón, creyendo indispensable tomar a Valencia, puso esta empresa en manos del mariscal Suchet, que había ganado a Lérida en 13 de mayo de 1810, a Tortosa en 2 de enero del siguiente año y en 28 de junio a Tarragona. Asimismo sabrán que las Cortes, dispuestas a defender la ciudad del Turia, enviaron allá al general Blake, regente a la sazón, hombre muy honrado, buen patriota, modesto, respetable, conocedor del arte de la guerra, pero de muy mala fortuna. Sabrán que las fuerzas llevadas por Blake desembarcaron mitad en Alicante, mitad en Almería, uniéndose al tercer ejército, que se vio obligado a empeñar en la venta del Baúl acción muy reñida contra las divisiones de Godinot y Leval. Sabrán que el pobre D. Ambrosio de la Cuadra y el desgraciado D. José de Zayas tuvieron la desdicha de sufrir una derrota medianilla en el mencionado punto, retirándose a Cúllar después de dejar 1.000 prisioneros en poder de los franceses y 450 cuerpos sobre el campo de batalla. Sabrán que Blake marchó a Valencia, recogiendo en el camino cuantas tropas encontró a mano; pero lo que indudablemente no saben es que yo, aunque formaba parte de la expedición desembarcada en Alicante, ni fui a Valencia, ni me encontré en la funesta jornada de la venta del Baúl.

¿Por qué, señores? Porque se enviaron 2.000 hombres a las Cabrillas a unirse a la división del segundo ejército, que mandaba el conde de Montijo, y entre aquellos 2.000 hombres encontrose, no sé si por fortuna o por desgracia, mi humilde persona. La condesa y su hija, que habían desembarcado también en Alicante, y a quienes acompañé mientras me fue posible, separáronse de mí cerca de Alpera para marchar a Madrid, donde residirían, si contrariedades que la madre presentía no las echaban de la corte, en cuyo caso era su propósito establecerse en el solitario castillo de Cifuentes, propiedad de la familia.

De las Cabrillas nos llevaron a Motilla del Palancar, en tierra de Cuenca, donde nos batimos con la división francesa de d’Armagnac, y algunos nos adelantamos por orden superior hasta Huete. Entonces ocurrieron lamentables disensiones entre el Marqués de Zayas y el general Empecinado, saliendo al fin triunfante este último, a quien dieron las Cortes el mando de la quinta división del segundo ejército, con lo cual se evitó la desorganización de las fuerzas que operaban en aquel país. El Empecinado, que en mayo de 1808 había salido de Aranda con un ejército de dos hombres, mandaba en septiembre de 1811 tres mil.

Recuerdo muy bien el aspecto de aquellos miserables pueblos asolados por la guerra. Las humildes casas habían sido incendiadas primero por nuestros guerrilleros para desalojar a los franceses, y luego vueltas a incendiar por estos para impedir que las ocuparan los españoles. Los campos desolados no tenían mulas que los arasen, ni labrador que les diese simiente, y guardaban para mejores tiempos la fuerza generatriz en su seno, fecundado por la sangre de dos naciones. Los graneros estaban vacíos, los establos desiertos, y las pocas reses que no habían sido devoradas por ambos ejércitos se refugiaban, flacas y tristes, en la vecina sierra. En los pueblos no ocupados por la gente armada, no se veía hombre alguno que no fuese anciano o inválido, y algunas mujeres andrajosas y amarillas, estampa viva de la miseria, rasguñaban la tierra con la azada, sembrando en la superficie con esperanza de coger algunas legumbres. Los chicos, desnudos y enfermos, acudían al encuentro de la tropa, pidiendo de comer.

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—¡En marcha! —repitió el jefe.

—¡En marcha! —gritamos mi compañero y yo, sintiendo que nos identificábamos poco a poco con el silvestre militarismo de aquella gente.

La partida, a la cual desde aquella noche pertenecíamos los de tropa, se puso en movimiento. Apagose el fuego de los hogares; sacudieron el sueño los que se entregaban a él dulcemente; desluciéronse las honestas intimidades y las tertulias que en distintas casas se habían formado entre soldados y vecinos de ambos sexos; cada cual recogió lo que pudo de condumio sólido o líquido, y unos a caballo y otros a pie salieron del pueblo. Aquel ejército marchaba en desorden. Mosén Antón y D. Vicente Sardina, que iban a la cabeza, detuviéronse en el camino junto a las últimas casas del pueblo, y entonces el primero dirigió la vista a los cuatro puntos del horizonte; recapacitó un buen espacio de tiempo, llevándose el dedo índice a la frente, y después volvió a dirigir el rostro a distintas partes del obscuro paisaje, no como quien mira, sino como quien olfatea.

III

El jefe le miraba con asombro, no exento de malicia, como diciendo:

—¿Por dónde nos querrá llevar este condenado?

—Hay que pensar qué dirección tomaremos, Sr. Sardina —dijo el jefe de Estado Mayor y de la caballería—. Las veredas son nuestra ciencia militar.

—Creo que no hay lugar a duda —replicó Sardina—. El sendero de Yela está diciéndonos: «Corred por aquí.»

—No hemos de ir por ahí, sino por aquí —dijo Trijueque imperiosamente, señalando un cerro bastante elevado que a nuestra derecha teníamos—. Por aquí, por aquí.

—Hombre de Dios... ¿pero vamos a conquistar el cielo? —exclamó con displicencia Sardina—. ¿A dónde demonio vamos en esta dirección?

—Por aquí —repitió el cura señalando a la tropa el cerro—. Yo sé lo que me digo.

—¿En qué se funda usted para creer...?

—Me fundo en lo que me fundo —replicó con impaciencia el atroz cura guerrillero—. Y no hay más que hablar. Cuando yo lo mando, sabido tengo por qué. Y a prisita, a prisita, muchachos... hacer poco ruido.

Empezamos a echarnos a pecho la cuestecilla, que era más que regular para los que marchábamos a pie. En los primeros momentos de la marcha satisfice mi curiosidad de conocer a los misteriosos personajes, a quienes oí nombrar por los apodos, pues apodos eran, de Viriato, Cid Campeador y D. Pelayo, porque los tres iban junto a mí, y al punto me brindaron, lo mismo que a mi compañero, con su franca amistad. No eran barbudos personajes de teatro, ni fantasmas de héroes históricos evocados por la noche y la poesía, sino tres estudiantillos de Alcalá, que desde el comienzo de la guerra se habían afiliado en la partida. Conservaban el traje clerical de las aulas, con el sombrerete tripico, amén de la faja de cuero para el pedreñal y un sable corvo ganado entre los despojos de cualquier acción desfavorable a los franceses. Eran muy jóvenes, y uno de ellos casi tierno niño; los tres alegres, animosos, entusiasmados con aquella vida que para gente de otra casta será penosa, pero que para españoles ha sido, es y será siempre placentera.

—Yo, señor oficial —me dijo el que llamaban Viriato—. estudiaba en la Complutense cuando declaramos la guerra a Napoleón. Soy hijo de unos labradores del Campillo de las Ranas, y vivía en Alcalá, unos días de limosna, otros de la sopa boba, y otros de lo que mis compañeros me quisieran dar... En los veranos era el primer corredor de tuna que se ha conocido desde que el gran Cisneros fundó la Universidad... De este modo, y aunque no lo parezca, adelantaba mucho en mis estudios, siendo nemine discrepante en Humanidades e Instituta; pero llegó la guerra, y al oír yo el quadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum; al oír tal ruido de trompetas, tal redoble de tambores, tal relinchar de guerreros caballos, me sentí inflamado en bélico ardor. Cuando apareció la primera partida, creí volverme loco de entusiasmo; púseme yo mismo el nombre de Viriato, en memoria del más grande y el más célebre guerrillero que hemos tenido, y soldado me soy. Esta es la mejor vida del mundo. Tengo el grado de alférez, y como esto dure pienso no parar hasta brigadier, renunciando para siempre a los pícaros estudios, que no traen más que trabajo en la juventud y hambre en la vejez.

Table of contents

Inside this edition

  1. 01Full text
  2. 02Parte 1
  3. 03Parte 2
  4. 04Parte 3
  5. 05Parte 4
  6. 06Parte 5
  7. 07Parte 6
  8. 08Parte 7
  9. 09Parte 8
  10. 10Parte 9
  11. 11Parte 10
  12. 12Parte 11
  13. 13Parte 12
  14. 14Parte 13
  15. 15FIN DE «JUAN MARTÍN EL EMPECINADO»

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