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Spanish Edition

Literature

El equipaje del rey José

Spanish BooksWhale Edition by Benito Pérez Galdós

Una novela histórica sobre la retirada francesa, la guerra y el destino de los civiles en la España de 1813.

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Book introduction

El equipaje del rey José

Mientras el ejército francés abandona España, soldados, viajeros y familias quedan atrapados entre la derrota y la incertidumbre. Galdós convierte el movimiento de una caravana en una panorámica viva de la guerra, la lealtad y la supervivencia.

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This edition is based on a public domain text and has been prepared for digital reading by BooksWhale.

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Benito Pérez Galdós died in 1920, and El equipaje del rey José was published in 1875; the Spanish source text is public domain.

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El equipaje del rey José

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I

El 17 de marzo de 1813 salieron de Palacio algunos coches, seguidos de numerosa escolta, y bajando por Caballerizas a la Puerta de San Vicente, tomaron el camino de la Puerta de Hierro.

—Su Majestad intrusa va al Pardo —dijo don Lino Paniagua en uno de los corrillos que se formaron al pasar los carruajes y la tropa.

—Todavía no es el tiempo de la bellota, señores —repuso otro, que se preciaba de no abrir la boca sin regalar al mundo alguna frutecilla picante y sabrosa del árbol de su ingenio.

—Su Majestad se ha convencido de que no engordará en España, y por ese camino adelante no parará hasta Francia —indicó un tercero, hombre forzudo y ordinario que respondía al nombre de Mauro Requejo.

—¡A Francia! Todas las mañanas nos saluda la gente con el estribillo de que se marchan los franceses aburridos y cansados, y por las noches nos acostamos con la certidumbre de que los franceses no se aburren, ni se cansan, ni tampoco se van.

—Tiene razón el señor don Lino Paniagua —declaró otro personaje que se distinguía de los demás del grupo por el deslumbrante verdor de sus anteojos y un extraño modo de reír, más propiamente comparable a visajes de cuadrúmano que a muecas de racional—. ¡Tiene razón! Hace cinco años no se oye más que esto: «Se van sin remedio; ya no pueden sostenerse ni un día más: el lord dará buena cuenta de todos ellos dentro del mes que viene...» Y así corren los meses y los años: la gente muere, el pan sube, los pleitos merman, el dinero se acaba, y los franceses no se van sino para volver. Cuatro veces hemos visto salir al señor Pepe, y cuatro veces le hemos visto entrar con más bríos. ¿Se acuerdan ustedes de la batalla de Bailén? Pues todos decían: «Gracias a Dios que se acabó esto. No ha quedado un francés para simiente de rábanos.» ¡Ay! no pasaron muchos meses sin que les viéramos otra vez mandados por el Emperador en persona. Al cabo de cinco años se ha repetido la fiesta. Diose una batalla en Salamanca y aquí de mis bocas de oro. «¡Ya se acabó todo!... ¡Gracias a Dios!... Viva el lord...» Los franceses salen por un lado y los ingleses entran por otro... Pero esto parece escenario de un teatro: el lord se va por la derecha, y José se nos cuela por la izquierda... Señores, no puedo olvidar las acotaciones de las comedias, que dicen hace que se va y se queda... A mí, que soy perro viejo y tengo sobre mi alma cristiana cuatro dedos de enjundia de marrullería, no se me emboba con estas entradas y salidas.

—El señor licenciado Lobo —dijo don Narciso Pluma, que a la sazón se aproximó— se halla tan bien en su escribanía de cámara que no quisiera le molestase el ruido de las tropas, ni el estrépito de la guerra. Al fin y al cabo, los destinos dados por Murat no han de ser eternos.

—Ya os veo venir, embrollones; os entiendo, farsantes; os conozco, trapisondistas —repuso Lobo disimulando su enojo—. ¿Quieren hacerme pasar por afrancesado?... Parece que corren vientos anglicanos y wellingtonianos...

—Puede ser.

—Señores, demos una vuelta por los Pozos de Nieve a ver si clarean las casacas rojas del lado de Fuencarral y Alcobendas.

—¿Por qué no? El ejército aliado parece que viene hacia acá. Pero en suma, señores, ¿a dónde va esta gente? ¿Qué tinajas atraen con su olorcillo a nuestro intruso mosquito?

—Yo digo que no pasa del Pardo.

—Y yo que antes dejará de catarlo que quitarse el polvo de las botas mientras no llegue a la raya de Francia.

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—A mí se me figura —dijo con gravedad el marqués de Porreño—, se me figura... es idea mía... puede que me equivoque, pero juraría que el lord se ha movido.

—Eso no tiene duda —repuso Lobo dignándose repetir el plan de campaña con que poco antes había demostrado su perspicacia estratégica.

Y al poco rato partieron en distintas direcciones. Acompañaron al señor marqués los dos reverendos, y recibidos por la interesante familia de este, Salmón exclamó:

—¡Gran bomba, señoras! El lord se ha movido.

—¡Y mañana salen de aquí todos los franceses!

—¡Benditos sean los designios de la divina Providencia! —dijo la hermana del marqués.

—¡Wellington se ha movido! —repitió el mercenario, mirando a diestro y siniestro por ver si se vislumbraban en el horizonte lejanos signos de soconusco—, y juntamente con Mina y Morillo viene sobre Madrid.

—¡Jesús! ¡Sobre Madrid!

—Así lo han dicho. Parece que da la vuelta por el Duero, que está, como usted sabe, en Tordesillas. Y como Castaños pasa de Extremadura a Asturias, con el séptimo cuerpo, digo, con el octavo o con el duodécimo... en junto unos cuatrocientos mil hombres.

Poco después la hija del marqués de Porreño iba a casa de Sanahuja, donde ya sabían la noticia gracias a don Lino Paniagua, y decía:

—Lo menos setecientos mil hombres dicen que trae Vellinton.

Conviene advertir que casi todos los españoles pronunciaban el nombre del general inglés como acabamos de escribirlo. Algunos lo modificaban diciendo Velliztón, acentuando la última sílaba, lo mismo que decían Stapletón Cotón; pero esto no hace al caso, y siga nuestro cuento. El conde de Rumblar, que a la sazón hallábase en casa de Sanahuja, partió como un rayo, y en la Puerta del Sol topó con Marchena, a quien dijo que José iba sobre Fregeneda, y que el duque de Ciudad Rodrigo estaba en Valladolid... Poco después don Narciso Pluma, que esto oyera y otras muchas estupendas cosas que había oído poco antes, lo revolvió todo, haciendo la más chistosa ensalada que puede imaginarse, y entró en casa de Porreño, donde sostuvo que se estaba dando una batalla junto al Duero entre don Pablo Morillo con doce mil hombres y el rey José con setecientos mil...

Repitámoslo, sí. ¡Entonces no había periódicos!

IV

Cuando se disolvió el grupo, los dos jóvenes siguieron su camino.

—Vamos a casa de mi tío —dijo Monsalud—, a ver qué piensa de estas cosas. Ya anochece; apretemos el paso... ¿No te parece que los habitantes de la Villa están un poco alborotados?

—¡Salen los franceses!... ¡Un cambio de Gobierno! —murmuró Bragas intranquilo—. Ahora todos los que han sido empleados durante el Gobierno intruso...

—A la calle, amigo. ¡Pues no es poca afrenta la que tienen encima, haber servido al intruso!... ¡Oh vilipendio!

—Pero yo soy español, muy español. Detesto a los franceses.

—Ahora que se van es muy cómodo decir eso. Yo, señor don Juan, les tengo rencor. Con ellos he servido, con ellos voy.

—Entonces dirás: «¡Viva Napoleón!»

—No diré ni que viva ni que muera, porque yo no he de matar ni resucitar a nadie. Me alegraré de que sea rey de España Fernando VII... Ya sabes por qué he servido a José: me moría de hambre y acepté sus banderas. Tal vez hice mal; pero las juré, y tras ellas voy a donde me lleven. Eso de gritar hoy Bonaparte y mañana Fernando, como hacen muchos, no entra en mi sistema. Sirvo a José sin entusiasmo, pero con lealtad.

—¡José, José —exclamó Bragas alzando la voz—, es un borracho! No se tiene lealtad con los borrachos.

—A ti y a mí nos ha dado de comer. Los dos nos encontrábamos en Madrid bastante perdidos y derrotados. Mi tío me colocó en el regimiento de Jurados, lo cual fue muy fácil, porque nadie quería entrar en él. Tu colocación parecía más difícil; pero tanto lloraste y gimoteaste ante el conde de Cabarrús, que el buen señor, considerando que eres hijo de su criado, diote a roer ese hueso de la covachuela. Para conseguirlo, te fingiste entusiasmado con el fraternal gobierno de Bonaparte, ¡y qué memoriales le echabas!... ¡cuántas resmas embadurnaste con lamentos y suspiros!... Para que todo no fuera música y palabrillas vanas, te aplicaste al oficio de dar vítores y palmadas en la calle siempre que el rey pasaba, y gritar: «¡Mueran los madripáparos!»

Table of contents

Inside this edition

  1. 01Full text
  2. 02Parte 1
  3. 03Parte 2
  4. 04Parte 3
  5. 05Parte 4
  6. 06Parte 5
  7. 07Parte 6
  8. 08Parte 7
  9. 09Parte 8
  10. 10Parte 9
  11. 11Parte 10
  12. 12Parte 11
  13. 13Parte 12
  14. 14FIN DE «EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ»

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